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Cuando un conflicto de conducta interrumpe la dinámica de una clase, el aula de convivencia ofrece una alternativa a la simple sanción: un espacio, recogido en el plan de convivencia del centro, donde el alumno derivado tras un parte de incidencia trabaja de forma individualizada, con un docente responsable, la reflexión sobre lo ocurrido y las estrategias necesarias para su reincorporación al aula ordinaria. No sustituye a las medidas disciplinarias qué el reglamento de régimen interno pueda contemplar, pero añade un componente de acompañamiento educativo qué una expulsión simple no ofrece por sí sola.
Es un sitio donde va un alumno qué ha tenido un problema serio de comportamiento en clase, para trabajar con calma y de forma individual lo qué ha pasado antes de volver con sus compañeros. No es solo un castigo aislado: un docente le acompaña a entender qué ha fallado y qué puede hacer de forma distinta la próxima vez.
Tras una falta grave de respeto hacia un profesor, un alumno de 2º de ESO pasa dos días lectivos en el aula de convivencia: allí completa fichas de reflexión sobre lo ocurrido, mantiene una entrevista con su tutor y, antes de reincorporarse a su clase habitual, se compromete por escrito a una serie de pautas concretas de comportamiento.
No: la expulsión aparta al alumno del centro durante un tiempo, mientras qué el aula de convivencia lo mantiene dentro del centro, en un espacio de trabajo individual y reflexión, a veces como complemento a otras medidas y no necesariamente como sustituto.
Suele estar a cargo de un docente designado por el centro dentro de su plan de convivencia, qué trabaja de forma individualizada con el alumno derivado y coordina la reincorporación con el tutor.
El centro puede escalar hacia medidas más severas contempladas en el reglamento de régimen interno, e implicar de forma más directa al departamento de orientación y a la familia en el seguimiento del caso.