Inicio › Educación › Docencia reflexiva
El pedagogo Donald Schön popularizó la idea del 'práctico reflexivo': un profesional qué no se limita a aplicar técnicas aprendidas en su formación inicial, sino qué piensa sobre lo qué hace mientras lo hace y, sobre todo, después de hacerlo. Trasladado a la enseñanza, la docencia reflexiva es esa práctica de analizar de forma sistemática las propias clases —qué funcionó, qué no, por qué un grupo respondió distinto a otro con la misma actividad— con el objetivo de ajustar la metodología en función de la evidencia observada, en lugar de repetir año tras año la misma programación sin revisarla.
Es la costumbre de un profesor de pararse a pensar, después de dar una clase, qué ha salido bien y qué no, y por qué, para cambiar algo la próxima vez. En vez de dar siempre la misma clase de la misma forma, la va ajustando según lo qué observa qué realmente funciona con sus alumnos.
Tras una unidad sobre la Revolución Industrial qué no despertó interés en su grupo de 4º de ESO, un profesor de Historia anota en su diario docente qué actividades generaron participación y cuáles fueron recibidas con desinterés, y rediseña la siguiente unidad incorporando un debate y una fuente audiovisual en lugar de repetir el mismo esquema expositivo del año anterior.
La docencia reflexiva sistematiza ese aprendizaje mediante herramientas concretas —diarios de aula, autoevaluación, observación entre pares— en lugar de dejarlo a la intuición o al recuerdo espontáneo.
Diarios de clase, portafolios docentes, grabaciones de sesiones para autoanálisis y procesos de observación entre compañeros con retroalimentación posterior.
Puede hacerse de forma individual, pero gana fuerza cuando se comparte en el departamento o en grupos de trabajo docente, porque la mirada de otro compañero aporta ángulos qué uno mismo no detecta.