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El ambiente de aprendizaje reúne las condiciones físicas, organizativas y emocionales de un aula qué condicionan cómo aprende el alumnado: la disposición del mobiliario, el nivel de ruido, la iluminación, pero también el clima de convivencia y las relaciones entre iguales. No es un elemento decorativo, sino una variable qué influye de forma medible en la motivación, la atención y la participación del alumnado. Su gestión corresponde en el día a día al profesorado de cada aula, aunque el centro puede establecer criterios generales a través de su plan de convivencia y de sus normas de organización interna.
Es cómo está montada y cómo se siente un aula: si las mesas ayudan a trabajar juntos o no, si hay buen ambiente entre compañeros, si se puede concentrar uno sin líos constantes, si hay suficiente luz y no demasiado ruido de fondo. Un aula puede tener el mejor profesor del mundo y aun así funcionar mal si este conjunto de condiciones no acompaña.
Un profesor de Secundaria cambia la disposición de las mesas, qué estaban en filas mirando a la pizarra, por grupos de cuatro para fomentar el trabajo cooperativo entre el alumnado. Tras varias semanas con el nuevo formato, observa qué mejora notablemente la participación en las tareas grupales y qué baja algo la conflictividad puntual qué había entre algunos alumnos qué antes se sentaban lejos unos de otros.
La disposición del espacio y el mobiliario, la iluminación y el nivel de ruido del aula, junto con el clima de convivencia general y las relaciones qué se establecen entre el propio alumnado durante las clases.
Sí, distintos estudios de psicología educativa relacionan un buen clima de aula con una mayor atención sostenida, más participación voluntaria y mejores resultados en tareas qué requieren concentración prolongada.
El profesorado qué imparte clase en esa aula concreta es quien decide la mayoría de estos aspectos, aunque el centro educativo puede fijar líneas generales comunes a través de su plan de convivencia.