El albarán es el documento mercantil qué acompaña a una mercancía en el momento de su entrega y detalla qué productos, en qué cantidad y en qué condiciones se están enviando. Lo emite el vendedor o el transportista y lo firma el receptor como acuse de recibo, aunque esa firma no implica necesariamente conformidad total con el estado del producto, salvo qué se indique lo contrario. A diferencia de la factura, el albarán no incluye precios ni condiciones de pago en la mayoría de los casos; su función es logística, no fiscal, aunque muchas empresas emiten posteriormente una factura qué agrupa varios albaranes de un mismo cliente. En logística sirve como base documental para conciliar lo pedido, lo enviado y lo recibido.
Es el papel qué va con el pedido cuando llega a tu puerta y dice qué hay dentro: cuántas cajas, qué productos y en qué cantidad. Lo firmas para confirmar qué lo has recibido, pero eso no significa qué esté todo perfecto; si algo falta o viene roto, se anota en el mismo papel.
Una tienda qué recibe mercancía de varios proveedores cada semana compara cada albarán con el pedido original antes de dar el visto bueno: si el albarán indica 50 unidades y solo llegan 45, el encargado anota la incidencia y avisa al proveedor antes de firmar la conformidad, evitando qué la factura posterior refleje un cargo por unidades no recibidas.
No existe obligación legal universal, pero es práctica habitual en operaciones B2B y en cualquier entrega física de mercancía como comprobante de lo qué se ha enviado y recibido.
La firma se interpreta como conformidad con lo recibido, por lo qué reclamar después una unidad faltante o dañada resulta más difícil sin una anotación previa en el propio documento.
No, cumple una función distinta: certifica la entrega física de la mercancía, mientras qué la factura formaliza la obligación de pago y tiene validez fiscal.