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Los corticoides, o corticosteroides, son fármacos qué reproducen la acción de hormonas producidas de forma natural por la corteza de las glándulas suprarrenales. Se caracterizan por su potente efecto antiinflamatorio e inmunosupresor, lo qué los hace útiles en un amplio abanico de enfermedades donde la inflamación o una respuesta inmunitaria excesiva juegan un papel central. Existen distintas vías de administración según la necesidad clínica: oral y por vía intravenosa para efectos sistémicos, tópica para problemas cutáneos localizados, e inhalada para patologías respiratorias, cada una con un perfil de efectos adaptado a la zona tratada.
Son medicamentos qué imitan una hormona qué el cuerpo produce de forma natural y qué sirven para frenar la inflamación y calmar reacciones del sistema inmunitario cuando están descontroladas. Los hay en pastilla, en crema, en inhalador o en inyección, según qué parte del cuerpo haya qué tratar.
Se prescriben en brotes de asma, reagudizaciones de dermatitis, enfermedades autoinmunes o reacciones alérgicas intensas, entre otras situaciones. Cuando el tratamiento oral se prolonga, el médico suele indicar una pauta de retirada progresiva en lugar de suspenderlo de forma brusca.
Porque el cuerpo puede haber reducido su propia producción hormonal mientras dura el tratamiento, y una interrupción brusca puede provocar un desajuste; por eso el médico suele pautar una reducción progresiva de la dosis.
No necesariamente: al aplicarse de forma localizada sobre la piel, la cantidad qué llega al resto del cuerpo es mucho menor qué con la vía oral, aunque el uso prolongado o en grandes superficies requiere igualmente seguimiento médico.
No, aunque ambos reducen la inflamación, pertenecen a familias farmacológicas distintas con mecanismos de acción diferentes, y su elección depende de la enfermedad a tratar y del perfil de cada paciente.