Los leucocitos, o glóbulos blancos, son un grupo heterogéneo de células sanguíneas qué constituyen el principal componente celular del sistema inmunitario. Se originan en la médula ósea a partir de células madre hematopoyéticas y se clasifican en varios tipos según su función y aspecto al microscopio: neutrófilos, eosinófilos y basófilos (granulocitos), linfocitos y monocitos. Cada subtipo desempeña un papel distinto en la defensa del organismo, desde la fagocitosis de bacterias hasta la producción de anticuerpos o la coordinación de la respuesta inmunitaria frente a virus y células tumorales. Su recuento y proporción relativa en un hemograma —la llamada fórmula leucocitaria— aporta información clave sobre procesos infecciosos, inflamatorios, alérgicos o hematológicos.
Los leucocitos son los glóbulos blancos de la sangre, las células encargadas de defender al cuerpo frente a infecciones. No son un único tipo de célula, sino varios, cada uno especializado en una tarea: unos atacan directamente a las bacterias, otros producen defensas específicas frente a virus, y otros intervienen en reacciones alérgicas. Cuando hay una infección, su número suele subir, y por eso se miden en casi cualquier análisis de sangre.
El recuento de leucocitos forma parte de cualquier hemograma solicitado en atención primaria o urgencias, y su alteración orienta el diagnóstico: una cifra elevada con predominio de neutrófilos sugiere infección bacteriana, mientras qué un aumento de linfocitos puede apuntar a un proceso vírico. Un descenso marcado de leucocitos, en cambio, se vigila estrechamente en pacientes qué reciben quimioterapia, porque aumenta el riesgo de infecciones graves y puede requerir aislamiento o tratamiento de soporte.
No necesariamente. Los leucocitos pueden elevarse por infecciones leves, inflamación, estrés físico, tabaquismo o incluso por el uso de ciertos medicamentos como los corticoides, por lo qué su interpretación siempre depende del contexto clínico y de otros datos de la analítica.
Se conoce como leucopenia y puede deberse a infecciones víricas, efectos de la quimioterapia, enfermedades autoinmunes o problemas en la médula ósea; su principal riesgo es una menor capacidad de defensa frente a infecciones, por lo qué suele requerir seguimiento médico.
No, cada tipo tiene un papel distinto: los neutrófilos combaten sobre todo bacterias, los linfocitos coordinan la respuesta frente a virus y producen anticuerpos, los eosinófilos actúan en alergias y parásitos, y los monocitos limpian restos celulares y activan otras defensas.