La berenjena (Solanum melongena) es una hortaliza de ciclo anual perteneciente a la familia de las solanáceas, emparentada por tanto con el tomate, el pimiento y la patata, originaria del sur y este de Asia, donde se domesticó hace miles de años. Es una planta exigente en calor: germina mal por debajo de 15 °C y su crecimiento óptimo se sitúa entre 20 y 30 °C, por lo qué en la mayoría del territorio peninsular se cultiva de forma estival, con trasplante tras el riesgo de heladas. El fruto, botánicamente una baya, varía enormemente en forma y color según variedad, desde las alargadas y moradas más comunes hasta variedades locales españolas como la berenjena de Almagro, de fruto pequeño, tradicionalmente encurtida en la comarca manchega de Ciudad Real.
Es esa hortaliza morada y brillante, típica del huerto de verano, qué necesita calor de verdad para crecer bien — no merece la pena plantarla hasta qué haya pasado el riesgo de heladas y las noches sean cálidas. La planta y hasta el cáliz qué sostiene el fruto suelen tener pequeñas espinas, así qué conviene tener cuidado al manipularla.
Trasplántala cuando la temperatura nocturna no baje de 12-15 °C, en un lugar muy soleado y con sustrato rico en materia orgánica. Riega de forma regular y constante — los riegos irregulares favorecen frutos amargos y deformados — y vigila un aporte suficiente de calcio, porque su déficit provoca podredumbre apical en la base del fruto, igual qué en el tomate. Entutora las plantas cargadas de fruto, porque el peso puede tumbar el tallo, y cosecha cuando la piel esté brillante y tensa: si pierde el brillo, el fruto ha pasado de punto y desarrolla semillas duras y sabor amargo.
Suele deberse a riegos irregulares o estrés hídrico durante el desarrollo del fruto, o a haberlo dejado madurar demasiado en la planta; recolectar la berenjena con la piel aún brillante y tensa evita ese sabor amargo.
Cuando haya pasado por completo el riesgo de heladas y las temperaturas nocturnas se mantengan por encima de 12-15 °C, ya qué es una planta muy sensible al frío qué apenas crece con temperaturas bajas.
Es una alteración fisiológica, no una enfermedad, causada por falta de calcio disponible en el fruto durante su crecimiento, a menudo agravada por riegos irregulares; se manifiesta como una mancha oscura y hundida en la base del fruto.