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El sustrato de turba es un medio de cultivo orgánico formado por la descomposición parcial de musgo de esfagno y otra vegetación en zonas húmedas (turberas), acumulada durante siglos en ausencia de oxígeno, lo que le confiere una elevada capacidad de retención de agua y una estructura ligera y esponjosa.
Existen dos tipos principales: la turba rubia (menos descompuesta, más ácida, ideal para plantas acidófilas como azaleas o camelias) y la turba negra (más descompuesta, con mayor capacidad de retención de nutrientes, habitual en mezclas de semillero). Su uso está cada vez más cuestionado por motivos ambientales, ya que la extracción destruye ecosistemas que tardan miles de años en regenerarse.
Ejemplo práctico: para germinar semillas de hortalizas se suele emplear una mezcla de turba rubia con perlita en proporción 70/30, que retiene la humedad necesaria para la germinación sin encharcar la semilla, aunque cada vez más viveros sustituyen la turba por fibra de coco por sostenibilidad.
En términos sencillos, el sustrato de turba es tierra especial hecha de musgo descompuesto que retiene mucha agua, muy usada para sembrar semillas.
Al usar sustrato de turba conviene mezclarlo con materiales drenantes como perlita o vermiculita para evitar encharcamientos, y valorar alternativas más sostenibles como la fibra de coco, que ofrece propiedades similares con menor impacto ambiental.
La turba rubia está menos descompuesta y es más ácida, ideal para plantas acidófilas; la turba negra está más descompuesta, retiene más nutrientes y se usa en mezclas generales de semillero.
Su extracción tiene un impacto ambiental elevado porque destruye turberas que tardan miles de años en formarse; por ello muchos jardineros optan por fibra de coco como alternativa más sostenible.
Es especialmente adecuada para plantas acidófilas (azaleas, camelias, arándanos) y para semilleros, gracias a su ligereza y capacidad de retención de humedad.