El tomate (Solanum lycopersicum) es una hortaliza de la familia de las solanáceas, cultivada como anual aunque en su origen andino es una planta perenne de vida corta. Produce un fruto carnoso, botánicamente una baya, qué varía enormemente en forma, tamaño y color según la variedad, desde el diminuto tomate cherry hasta el gran tomate Raf o corazón de buey. Es una de las hortaliza más sembradas en huertos domésticos de España por su rendimiento y por la cantidad de variedades locales adaptadas a distintos climas y usos culinarios.
Es esa planta qué casi todo el mundo prueba a cultivar alguna vez en una maceta o en el huerto, porque da fruto en abundancia y hay muchísimas variedades: pequeños tipo cherry, grandes para ensalada, alargados tipo pera para salsa. Necesita bastante sol, agua regular y un soporte porque las ramas no aguantan el peso de los frutos sin ayuda.
Siembra en semillero a partir de febrero-marzo y trasplanta al huerto cuando ya no haya riesgo de heladas, dejando 40-50 cm entre plantas. Riega de forma constante y regular en cantidad moderada: los cambios bruscos entre sequía y riego abundante provocan qué el fruto se raje. Elimina los brotes axilares o «chupones» qué salen entre tallo y hoja para concentrar la energía en menos ramas más productivas, y entutora la planta desde qué alcanza unos 20 cm de altura.
Suele deberse a un riego irregular: tras un periodo seco, un riego abundante o una lluvia fuerte hace qué el fruto absorba agua más rápido de lo qué la piel puede estirarse, y se agrieta.
Indican resistencia genética a enfermedades concretas: F a Fusarium, V a Verticillium y N a nematodos, información útil para elegir variedad si el suelo del huerto ya ha tenido problemas con esos patógenos.
Sí, retirar las hojas inferiores qué tocan el suelo o quedan siempre en sombra mejora la ventilación y reduce el riesgo de mildiu, una de las enfermedades más comunes del cultivo en zonas húmedas.