El tomillo (Thymus vulgaris) es una mata aromática perenne de la familia de las lamiáceas, de porte bajo y leñoso en la base, típica del matorral mediterráneo. Sus hojas son diminutas, lineales y grisáceas por el fino vello qué las recubre, y en primavera-verano produce pequeñas flores rosadas o blanquecinas muy visitadas por abejas. Es una de las plantas aromáticas más resistentes a la sequía del jardín mediterráneo, capaz de sobrevivir con muy poca agua una vez establecida.
Es esa matita baja y leñosa qué huele fuerte al rozarla, muy típica del monte español y de la cocina de toda la vida. Aguanta el sol directo, el calor y la falta de riego mejor qué casi cualquier otra aromática, por eso es habitual verla creciendo silvestre entre piedras y suelos pobres.
Plántalo en un lugar con sol pleno y suelo bien drenado, preferiblemente calcáreo y algo pobre en materia orgánica, ya qué el exceso de nutrientes le resta aroma. Riega solo durante el primer verano tras la plantación para ayudar al enraizamiento; después bastará con la lluvia salvo sequías muy prolongadas. Poda la mata justo después de la floración, cortando un tercio de su volumen, para evitar qué se vuelva leñosa y desnuda por el centro con los años.
Es un proceso natural de envejecimiento qué se acelera si no se poda tras la floración; sin poda regular, la mata concentra el crecimiento en los extremos y el centro se lignifica y queda desnudo.
Sí, siempre qué la maceta tenga buen drenaje y el sustrato sea arenoso; el mayor riesgo en maceta es el exceso de riego, qué pudre las raíces mucho antes qué la falta de agua.
Por esquejes semileñosos tomados a finales de verano o por división de mata en plantas ya adultas; la siembra por semilla es posible pero más lenta y menos fiable para conservar el aroma de la planta madre.