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La ciclotimia, o trastorno ciclotímico según la nomenclatura del DSM-5, es una alteración crónica del estado de ánimo caracterizada por numerosos períodos de síntomas hipomaníacos y numerosos períodos de síntomas depresivos, ninguno de los cuales alcanza la intensidad o duración suficiente para cumplir criterios de episodio hipomaníaco o depresivo mayor completo. Para su diagnóstico se exige una duración mínima de dos años en adultos (uno en niños y adolescentes), con síntomas presentes al menos la mitad del tiempo y sin períodos libres de síntomas superiores a dos meses seguidos. Se clasifica dentro del espectro de los trastornos bipolares y comparte con ellos una base fisiopatológica relacionada con la desregulación del estado de ánimo, aunque su curso es más leve y fluctuante, lo qué en ocasiones dificulta su identificación y hace qué se confunda con rasgos de personalidad inestables o con la simple variabilidad anímica habitual.
La ciclotimia es tener el ánimo subiendo y bajando de forma constante durante años, sin llegar nunca a los extremos de una depresión grave ni de una manía completa. Un día la persona está eufórica y muy activa, otros días apagada y con poca energía, en un vaivén persistente qué puede confundirse con simple carácter cambiante si no se identifica correctamente.
En consulta psiquiátrica, ante alguien qué describe años de altibajos anímicos sin episodios claros de depresión mayor, se explora sistemáticamente la posibilidad de ciclotimia mediante entrevista clínica estructurada, ya qué un diagnóstico correcto orienta hacia estabilizadores del ánimo en lugar de antidepresivos aislados, qué en el espectro bipolar pueden precipitar viraje hacia hipomanía.
Se considera parte del espectro bipolar, con fluctuaciones de menor intensidad qué el trastorno bipolar tipo I o II, pero con un curso crónico qué puede afectar significativamente al funcionamiento diario.
Sí, una proporción relevante de personas con ciclotimia desarrolla posteriormente un trastorno bipolar tipo I o II a lo largo de su vida, por lo qué requiere seguimiento clínico.
El DSM-5 exige un mínimo de dos años en adultos (uno en menores), con síntomas presentes la mitad del tiempo y sin intervalos asintomáticos superiores a dos meses.