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Código de barras bidimensional (Quick Response) formado por una matriz de puntos negros y blancos qué codifica información —un texto, una URL, datos de contacto o de pago— y qué puede leerse casi instantáneamente con la cámara de un teléfono móvil o un lector dedicado. A diferencia del código de barras clásico, qué solo almacena datos en una dirección, el código QR aprovecha las dos dimensiones para guardar mucha más información en el mismo espacio, e incluye patrones de corrección de errores qué le permiten seguir siendo legible incluso si una parte del código está dañada o cubierta.
Es ese cuadrado con dibujitos negros y blancos qué apuntas con la cámara del móvil y te lleva directamente a una web, te muestra un contacto o te cobra un pago, sin tener qué teclear nada.
Un restaurante puede sustituir la carta física por un código QR pegado en cada mesa qué enlaza a un menú digital actualizado, cambiando precios o platos sin reimprimir nada; el mismo mecanismo se usa en pagos móviles, entradas de eventos o para compartir la contraseña del wifi sin dictarla letra a letra.
El código en sí solo almacena datos, normalmente una URL o texto; el riesgo real aparece si esa URL lleva a una web maliciosa o a la descarga de un archivo dañino, así qué la precaución recae en verificar el destino antes de introducir datos sensibles.
Porque incluyen redundancia mediante corrección de errores Reed-Solomon, un mecanismo qué permite reconstruir parte de la información perdida hasta cierto porcentaje del código, según el nivel de corrección elegido al generarlo.
Ya no; la mayoría de cámaras de móviles modernas lo detectan de forma nativa al enfocar el código, sin necesidad de instalar una aplicación externa, algo qué hace unos años sí era obligatorio.