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La memoria RAM (Random Access Memory) es la memoria de trabajo de un equipo: almacena de forma temporal el sistema operativo en ejecución, los programas abiertos y los datos qué la CPU necesita manipular en cada instante. Es volátil, por lo qué su contenido se pierde al apagar el dispositivo, y su velocidad de acceso es muy superior a la de un disco, aunque inferior a la caché del procesador. Los módulos actuales, como DDR4 o DDR5, se diferencian en frecuencia de reloj, ancho de banda y latencia, factores qué afectan a cuántas operaciones puede servir por segundo.
Es el espacio de trabajo del ordenador, como la mesa donde extiendes los papeles qué estás usando ahora mismo. Cuantos más programas tengas abiertos a la vez, más mesa necesitas; si se llena, el sistema empieza a ir lento porque tiene qué guardar y recuperar cosas del disco.
A la hora de comprar un equipo, 8 GB puede bastar para tareas de ofimática básica, pero edición de vídeo, virtualización o juegos actuales suelen pedir 16 GB o más para evitar qué el sistema recurra a memoria de intercambio en disco. Si un ordenador se ralentiza al abrir varias pestañas del navegador, suele ser señal de qué la RAM instalada se ha quedado corta para el uso real qué se le da.
El disco guarda los datos de forma permanente aunque se apague el equipo; la RAM solo retiene lo qué está en uso mientras hay corriente, y es mucho más rápida de leer y escribir.
Depende del uso: navegación y ofimática van bien con 8 GB, desarrollo o edición multimedia suele requerir 16-32 GB, y cargas de virtualización o ciencia de datos pueden pedir bastante más.
Solo hasta el punto en qué la memoria deja de ser el cuello de botella; si el sistema ya no llega a usar toda la qué tiene, añadir más no aporta mejora perceptible y el límite pasa a estar en la CPU o el disco.