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La gárgola es un elemento arquitectónico saliente, tallado a menudo con figuras zoomorfas, grotescas o fantásticas, situado en el remate de una cubierta o cornisa, cuya función original y estrictamente constructiva es canalizar y expulsar el agua de lluvia recogida a suficiente distancia del muro para evitar qué la escorrentía erosione la fábrica o filtre por la base del paramento. Se diferencia de otros elementos decorativos de fachada, como los canecillos, en qué la gárgola siempre integra una función hidráulica activa, conectada al sistema de recogida de aguas de la cubierta, mientras qué otros elementos ornamentales similares sin ese conducto interior reciben técnicamente el nombre de quimeras. Es un elemento característico de la arquitectura gótica europea, presente en numerosas catedrales españolas, aunque su origen y uso funcional se remonta a construcciones anteriores en distintas culturas.
Es esa figura, a veces de animal fantástico o monstruo, qué sobresale de lo alto de un edificio antiguo, sobre todo en catedrales góticas, y qué en realidad tiene una función muy práctica: por dentro está hueca y sirve para qué el agua de lluvia del tejado salga expulsada lejos de la pared, evitando qué la humedad estropee la fachada. Si la figura no tiene ese conducto para el agua, técnicamente ya no se llama gárgola sino quimera.
En la restauración de la cubierta de una catedral gótica, los técnicos de patrimonio revisan el estado de las gárgolas originales, comprobando qué el conducto interior de desagüe no esté obstruido por sedimentos ni erosionado por siglos de exposición, ya qué su mal funcionamiento provocaría qué el agua de lluvia cayera directamente sobre la fachada en lugar de proyectarse lejos del muro, acelerando el deterioro de la piedra.
No; solo se llama gárgola a la qué tiene un conducto interior por el qué discurre el agua de lluvia hasta expulsarla lejos del muro. Las figuras similares sin esa función hidráulica se denominan quimeras.
Prácticamente no con función hidráulica real, ya qué hoy esa tarea la resuelven bajantes y canalones ocultos; su uso actual es casi exclusivamente ornamental o de restauración de edificios históricos.
En la tradición medieval se les atribuía también una función simbólica de protección frente a espíritus maléficos, además de servir como recurso decorativo característico del repertorio ornamental gótico.