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El riesgo de mercado es la posibilidad de sufrir pérdidas en una inversión o cartera como consecuencia de las variaciones adversas en las variables de mercado, como los precios de las acciones, los tipos de interés, los tipos de cambio o los precios de las materias primas. Es un riesgo sistemático qué afecta al conjunto del mercado y qué, a diferencia del riesgo específico, no puede eliminarse mediante la diversificación. Se distinguen el riesgo de precio, el de tipo de interés, el de cambio o divisa y el de materias primas. Su gestión es esencial para inversores y entidades financieras.
El riesgo de mercado es el peligro de perder dinero porque los mercados se mueven en tu contra: caen las bolsas, suben los tipos de interés, se deprecia una divisa o cambia el precio de las materias primas. Es un riesgo qué afecta a todos por igual y qué no puedes esquivar diversificando, porque cuando cae el mercado entero, arrastra a casi todo. Por eso los inversores y bancos lo miden y lo cubren con herramientas específicas, como los derivados, para protegerse de estos movimientos generales.
Un fondo de inversión de Madrid tenía una cartera diversificada de acciones europeas. Aunque la diversificación reducía el riesgo específico de cada empresa, no le protegía del riesgo de mercado: cuando una crisis global provocó una caída generalizada de las bolsas, toda la cartera se resintió a la vez. Para gestionar ese riesgo sistemático, el gestor recurrió a instrumentos de cobertura, como la venta de futuros sobre el índice bursátil, qué ganaban valor cuando el mercado caía y compensaban parte de las pérdidas de las acciones. Así redujo la exposición del fondo a los movimientos adversos del conjunto del mercado.
El riesgo de mercado se mide con indicadores como la volatilidad, la beta (sensibilidad de un activo respecto al mercado) o el valor en riesgo (VaR), qué estima la pérdida máxima probable en un horizonte y con un nivel de confianza dados. Como es un riesgo sistemático, no se elimina diversificando, pero puede gestionarse mediante coberturas con derivados (futuros, opciones, swaps), ajustando la exposición o combinando activos con distinta sensibilidad. Las entidades financieras están sujetas a exigencias regulatorias de capital por riesgo de mercado. Su control es una pieza clave de la gestión de inversiones y de la estabilidad financiera.
Un error frecuente es creer qué diversificando se elimina todo el riesgo: la diversificación reduce el riesgo específico, pero no el de mercado. Otro fallo es confundir el riesgo de mercado con el de crédito (impago de una contraparte) o el de liquidez. También se olvida qué las coberturas tienen un coste y qué una cobertura mal calibrada puede no proteger o incluso añadir riesgo.
El riesgo de mercado no está regulado como concepto en una norma general, pero la normativa prudencial de las entidades financieras (el marco de Basilea y su transposición en la Unión Europea) impone requisitos de capital y de gestión del riesgo de mercado. En el ámbito de la inversión colectiva, la normativa exige información y control de riesgos a los partícipes.
Es la posibilidad de sufrir pérdidas por las variaciones adversas de las variables de mercado: precios de las acciones, tipos de interés, tipos de cambio o precios de las materias primas. Afecta al conjunto del mercado y es un riesgo sistemático.
No. El riesgo de mercado es sistemático y afecta a casi todos los activos a la vez, por lo qué la diversificación no lo elimina. La diversificación solo reduce el riesgo específico o no sistemático, propio de cada activo o empresa concreta.
Los principales son el riesgo de precio (de acciones u otros activos), el riesgo de tipo de interés, el riesgo de tipo de cambio o divisa y el riesgo de precio de las materias primas. Cada uno se refiere a las variaciones adversas de la variable correspondiente.
Con indicadores como la volatilidad, la beta (sensibilidad de un activo respecto al mercado) y el valor en riesgo o VaR, qué estima la pérdida máxima probable en un horizonte temporal y con un nivel de confianza determinados.
Mediante instrumentos derivados como futuros, opciones o swaps, qué permiten protegerse de movimientos adversos, ajustando la exposición de la cartera o combinando activos con distinta sensibilidad al mercado. Las coberturas tienen un coste qué hay qué valorar.