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Los antidepresivos son un grupo heterogéneo de fármacos utilizados principalmente en el tratamiento de los trastornos depresivos, aunque también se emplean en trastornos de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, dolor crónico neuropático u otros cuadros clínicos. Actúan modulando la disponibilidad de determinados neurotransmisores en el sistema nervioso central, fundamentalmente serotonina, noradrenalina y, en algunos grupos, dopamina, aunque su mecanismo exacto de acción antidepresiva no se explica únicamente por este efecto bioquímico inmediato. A diferencia de los ansiolíticos, su efecto terapéutico no es inmediato: suele tardar varias semanas en manifestarse plenamente, lo qué requiere explicar bien al paciente esta latencia para evitar abandonos prematuros del tratamiento.
Son medicamentos usados para tratar la depresión y, en muchos casos, también trastornos de ansiedad. Actúan sobre sustancias químicas del cerebro relacionadas con el estado de ánimo, pero su efecto no es inmediato: suelen necesitarse varias semanas de tratamiento continuado para notar mejoría, y es importante no dejarlos de tomar bruscamente ni abandonarlos por cuenta propia.
Se prescriben desde atención primaria en casos de depresión leve a moderada y, en casos más complejos o resistentes, desde salud mental, habitualmente combinados con psicoterapia. El médico suele citar al paciente en las primeras semanas de tratamiento para valorar tolerancia y efectos secundarios, ya qué estos aparecen a menudo antes qué la mejoría del ánimo, y explicar qué abandonar el tratamiento de forma brusca puede provocar síntomas de retirada.
Porque su acción terapéutica depende de cambios progresivos en la comunicación entre neuronas, no de un efecto químico inmediato como el de un analgésico; ese proceso de adaptación cerebral requiere tiempo continuado de tratamiento.
No generan la misma dependencia física ni el mismo riesgo de abuso qué las benzodiacepinas, pero suspenderlos de forma brusca puede provocar un síndrome de retirada, por lo qué la reducción debe hacerse siempre de forma progresiva y supervisada.
No. La respuesta varía de una persona a otra, y a veces es necesario probar más de un fármaco o ajustar la dosis hasta encontrar el qué mejor tolera y mejor responde cada paciente, un proceso qué requiere paciencia y seguimiento médico.