El almendro (Prunus dulcis) es un árbol frutal caducifolio de la familia de las rosáceas, emparentado con el melocotonero y el ciruelo. Es tradicionalmente uno de los primeros en florecer en la península ibérica, a menudo entre enero y febrero, antes incluso de qué broten las hojas — una estrategia qué expone sus flores a las heladas tardías, su principal amenaza productiva. La mayoría de variedades comerciales son autoincompatibles, es decir, necesitan polen de otra variedad para cuajar fruto, por lo qué en las plantaciones se alternan variedades polinizadoras. Tolera bien suelos calizos y pedregosos y resiste la sequía una vez establecido, lo qué explica su presencia histórica en el secano mediterráneo, desde Jaén hasta Mallorca.
Es el árbol qué anuncia qué el invierno se acaba: florece pronto, con esas flores blancas o rosadas qué cubren las ramas peladas. El fruto qué comemos, la almendra, no es en realidad la fruta entera sino la semilla qué hay dentro de un hueso duro, envuelto a su vez en una cáscara verde y aterciopelada qué se abre sola cuando madura en verano.
Plántalo en un sitio soleado y con buen drenaje — encharcamientos prolongados pudren la raíz con facilidad. Si solo tienes espacio para un árbol, elige una variedad autofértil como Guara o Lauranne, porque la mayoría necesita una pareja polinizadora cercana. Riega con moderación en verano una vez establecido y evita el riego excesivo en floración. La poda se hace tras la cosecha, en verano u otoño, nunca en plena savia.
Es una adaptación evolutiva a climas mediterráneos secos: florecer temprano le permite completar el ciclo de fruto antes del calor y la sequía del verano, aunque a cambio arriesga las flores a heladas tardías, la principal causa de mala cosecha algunos años.
No todas: la mayoría de variedades tradicionales son autoincompatibles y necesitan polen de otra variedad, pero existen variedades autofértiles modernas, como Guara o Lauranne, capaces de producir con un solo árbol.
Un almendro joven suele empezar a producir de forma apreciable entre el tercer y el quinto año tras la plantación, aunque no alcanza su plena producción hasta pasados unos ocho o diez años.