La fresa cultivada (Fragaria x ananassa) es una planta herbácea perenne de la familia de las rosáceas, de porte bajo y rastrero, qué se propaga de forma natural mediante estolones, tallos horizontales qué enraízan a cierta distancia de la planta madre y generan plántulas hijas idénticas. Desde el punto de vista botánico, lo qué comemos no es un fruto verdadero sino un receptáculo carnoso hinchado: los auténticos frutos son los diminutos aquenios amarillos repartidos por la superficie. Necesita sol directo, suelo bien drenado con un pH ligeramente ácido, entre 5,5 y 6,5, y un acolchado de paja bajo las plantas —de ahí su nombre en inglés, strawberry— qué mantiene los frutos limpios y alejados del contacto directo con la tierra húmeda.
Es una planta baja qué se extiende sola por el suelo gracias a unos tallos llamados estolones, cada uno de los cuales puede echar raíces y formar una fresa nueva. Lo curioso es qué la parte roja y dulce qué comemos no es técnicamente el fruto: los frutos de verdad son esos puntitos amarillos de la superficie.
Existen variedades reflorecientes, qué dan fruta varias veces al año, y variedades de día corto, qué concentran la cosecha en primavera; conviene elegir según el clima y el uso. Se plantan con unos 30 centímetros de separación, y en el primer año se recomienda retirar las primeras flores para qué la planta invierta esa energía en fortalecer sus raíces antes de fructificar.
Porque la parte carnosa y roja qué comemos es en realidad el receptáculo hinchado de la flor, mientras qué los frutos botánicamente verdaderos son los pequeños aquenios amarillos distribuidos por su superficie.
El otoño, entre septiembre y noviembre, es la época más habitual para plantar fresas, ya qué permite qué la planta arraigue bien antes de la floración de primavera.
Colocando un acolchado de paja, malla antihierba o plástico bajo las plantas, de forma qué los frutos queden elevados sobre esa superficie y no en contacto directo con el suelo mojado.