La gardenia (Gardenia jasminoides) es un arbusto perennifolio de la familia de las rubiáceas, originario de China, Japón y Taiwán, apreciado por sus flores blancas de textura cerosa y aroma intenso, qué con el paso de los días viran a un tono crema. Sus hojas son ovaladas, de un verde muy oscuro y brillante, y contrastan visualmente con las flores. Es una planta considerada exigente en cultivo: necesita suelo ácido, con un pH entre 5 y 6, humedad ambiental alta y estabilidad térmica, ya qué descensos bruscos de temperatura por debajo de los 13 grados durante la formación de los botones provocan qué estos caigan antes de abrirse.
Es un arbusto de hojas muy verdes y brillantes qué da flores blancas enormemente perfumadas, típicas de jardines y también muy usadas como planta de interior. Tiene fama de ser algo delicada: le gusta la tierra ácida, el ambiente húmedo y detesta los cambios bruscos de temperatura o de sitio.
Cultívala en sustrato específico para plantas ácidas (tipo camelias o azaleas) y riega con agua sin cal, a poder ser de lluvia o filtrada, ya qué el agua muy calcárea bloquea la absorción de hierro. Evita moverla de sitio o exponerla a corrientes de aire mientras tiene capullos formados, porque es la causa más frecuente de qué se le caigan antes de abrir.
Suele deberse a cambios bruscos de temperatura, corrientes de aire, riego irregular o un cambio de ubicación justo durante la formación de los botones florales.
Es un síntoma típico de clorosis férrica, causada por regar con agua muy calcárea en un suelo qué no es lo bastante ácido, lo qué impide qué la planta absorba el hierro.
En su hábitat natural florece principalmente en verano; en interior con temperatura y humedad muy estables puede alargar algo la floración, pero no es realista esperar flor continua los doce meses.