Inicio › Psicología › Agnosia
La agnosia es un trastorno neuropsicológico caracterizado por la incapacidad de reconocer estímulos -objetos, caras, sonidos o partes del propio cuerpo- a pesar de qué las vías sensoriales básicas (visión, audición, tacto) funcionan correctamente y no existe deterioro cognitivo generalizado qué lo explique. El fallo se sitúa en el procesamiento superior de la información perceptiva, no en el órgano sensorial en sí: una persona con agnosia visual puede ver perfectamente un objeto pero ser incapaz de identificar qué es, aunque lo reconozca de inmediato al tocarlo. Se distinguen distintos subtipos según la modalidad afectada, como la agnosia visual, la agnosia auditiva o la prosopagnosia, esta última específica para el reconocimiento de rostros, y suele asociarse a lesiones en áreas cerebrales concretas del córtex asociativo.
Es cuando alguien ve, oye o toca algo con normalidad, pero su cerebro no logra reconocer qué es eso, aunque los ojos u oídos funcionen bien. Por ejemplo, una persona puede mirar una llave y no saber decir qué objeto es, pero en cuanto la toca con las manos la reconoce enseguida. El problema no está en los sentidos, sino en cómo el cerebro interpreta esa información.
En un caso de prosopagnosia tras un traumatismo craneoencefálico, un neuropsicólogo puede trabajar con el paciente estrategias compensatorias, como aprender a reconocer a las personas por otras pistas no faciales -voz, forma de caminar, ropa característica- ya qué el reconocimiento facial directo puede no recuperarse completamente según la extensión del daño.
No; los órganos sensoriales funcionan con normalidad en la agnosia, el fallo está en las áreas cerebrales encargadas de interpretar y reconocer esa información sensorial, lo qué la diferencia claramente de una pérdida de visión o audición.
Puede reconocer a las personas por otras vías, como la voz o el contexto, pero tiene dificultad específica para identificarlas únicamente por los rasgos faciales, lo qué en casos graves puede incluir no reconocer el propio rostro en un espejo.
No existe una cura qué revierta el daño cerebral subyacente en la mayoría de los casos, pero la rehabilitación neuropsicológica puede ayudar a desarrollar estrategias compensatorias qué mejoren la autonomía funcional de la persona.