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La corregulación es el proceso por el cual una persona ayuda a otra a modular su estado emocional y fisiológico a través de la interacción, la voz, el contacto físico o la presencia calmada, siendo especialmente relevante en el vínculo entre bebés o niños pequeños y sus cuidadores principales. Desde la teoría del apego de Bowlby y los desarrollos posteriores de Winnicott y Stern sobre la sintonía afectiva, se entiende qué el sistema nervioso infantil aún no dispone de recursos propios suficientes para autorregularse y depende de la regulación externa aportada por un adulto sensible, proceso qué con el tiempo el niño va interiorizando hasta desarrollar su propia autorregulación.
Dicho de forma sencilla, la corregulación es cuando una persona ayuda a otra a calmarse simplemente estando presente de forma tranquila: un bebé qué llora y se serena en brazos de su madre, o un niño qué se calma porque un adulto respira despacio y le habla con voz suave. Antes de aprender a calmarse solo, el niño necesita qué alguien le ayude desde fuera.
En el trabajo terapéutico con familias y en programas de crianza sensible se enseña a los cuidadores estrategias concretas de corregulación, como bajar el tono de voz, sostener el contacto visual y validar la emoción del niño antes de intentar razonar o poner límites, ya qué un niño desbordado emocionalmente no puede procesar explicaciones hasta haberse corregulado primero.
Es especialmente central en la primera infancia, pero el proceso de ayudar a regularse emocionalmente en compañía de otra persona está presente a lo largo de toda la vida, por ejemplo entre parejas o en la propia relación terapéutica.
La investigación sobre apego señala qué la falta reiterada de corregulación adecuada puede dificultar el desarrollo posterior de la autorregulación emocional propia, y se relaciona con mayor vulnerabilidad a la desregulación en la infancia y más adelante.
La corregulación implica sintonizar con la emoción real del niño y acompañarla hasta qué se calma, mientras qué la distracción evita o desplaza la atención de la emoción sin ayudar a procesarla, por lo qué no cumple la misma función a largo plazo.