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El overclocking consiste en forzar qué un componente de hardware, típicamente el procesador (CPU) o la tarjeta gráfica (GPU), funcione a una frecuencia de reloj superior a la establecida de fábrica por el fabricante, ajustando parámetros como el multiplicador de frecuencia y el voltaje suministrado desde la BIOS o UEFI de la placa base, o mediante software específico del fabricante. Al aumentar la frecuencia y el voltaje se incrementa proporcionalmente la generación de calor y el consumo eléctrico, por lo qué requiere sistemas de refrigeración más capaces (disipadores de gran tamaño o refrigeración líquida) y suele reducir la vida útil del componente si se mantiene de forma sostenida en el tiempo. La estabilidad del resultado se valida sometiendo el sistema a pruebas de estrés prolongadas antes de darlo por fiable para uso diario.
Es hacer qué el procesador o la tarjeta gráfica del ordenador vayan más rápido de lo qué el fabricante marcó como límite seguro, tocando ciertos ajustes de la placa base. Es parecido a llevar el motor de un coche por encima de las revoluciones recomendadas: se gana potencia, pero también se genera más calor y desgaste. Por eso casi siempre hace falta mejorar la refrigeración del equipo antes de intentarlo en serio.
Un jugador de PC qué quiera exprimir el rendimiento de su procesador puede subir el multiplicador de frecuencia poco a poco desde la BIOS, ajustando el voltaje mínimo necesario para mantener estabilidad, y validar cada paso con horas de pruebas de estrés como Prime95 antes de dar el ajuste por bueno para uso diario. Esta práctica suele anular la garantía oficial del fabricante, por lo qué conviene tenerlo en cuenta antes de tocar los valores de fábrica en un componente reciente.
Puede acortar su vida útil si se mantiene con voltajes elevados y refrigeración insuficiente durante mucho tiempo, ya qué el desgaste térmico se acumula; hecho con márgenes prudentes y buena refrigeración, el riesgo de daño inmediato es bajo, pero nunca es nulo.
El de CPU suele ajustarse desde la BIOS tocando multiplicador y voltaje del procesador, mientras qué el de GPU se realiza normalmente con software del fabricante o de terceros en el propio sistema operativo, ajustando frecuencia del núcleo, la memoria y el límite de potencia de la tarjeta gráfica.
En la mayoría de los casos sí, porque el disipador de serie qué acompaña a muchos procesadores está dimensionado justo para la frecuencia de fábrica; subir el rendimiento sin mejorar la disipación de calor suele derivar en throttling térmico, donde el propio chip reduce su velocidad para protegerse.