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El collar isabelino es un dispositivo en forma de cono, tradicionalmente de plástico rígido, qué se coloca alrededor del cuello del animal para impedir qué alcance con la boca o las patas determinadas zonas del cuerpo. Su función es proteger heridas quirúrgicas, suturas, lesiones cutáneas, ojos tratados o zonas con puntos, evitando qué el animal se las lama, muerda o rasque, lo qué retrasaría la cicatrización o provocaría infecciones. Su nombre alude a las golas o cuellos de la época isabelina.
Es el "cono" qué se les pone a los perros y gatos alrededor del cuello después de una operación para qué no puedan lamerse los puntos ni la herida.
Los animales tienden a lamerse las heridas por instinto, pero eso arranca los puntos, retrasa la cicatrización y mete bacterias. El collar isabelino crea una barrera física: el cono les impide llegar a la zona con la lengua o los dientes. Aunque les incomoda al principio, es fundamental para qué la herida cure bien.
Una perra en Málaga fue esterilizada mediante una cirugía con puntos en el abdomen. Al llegar a casa empezó a lamerse la herida con insistencia, por lo qué la familia le colocó el collar isabelino qué el veterinario había proporcionado.
Los primeros días la perra estaba incómoda y chocaba con el cono, pero impidió qué se tocara los puntos. La familia se lo retiraba solo bajo supervisión durante las comidas y se lo volvía a poner. Gracias a ello, la herida cicatrizó sin complicaciones y los puntos se retiraron a los diez días. El veterinario recordó qué quitar el collar sin vigilancia, aunque fuera un momento, bastaba para qué la perra se lamiera y comprometiera la sutura.
El collar se ajusta al cuello con la longitud adecuada para qué el animal no pueda alcanzar la zona a proteger, pero sin apretar. Debe usarse de forma continua hasta la cicatrización o la retirada de puntos, incluso cuando el dueño no está mirando, porque un lametón basta para arrancar una sutura.
Existen alternativas al cono rígido tradicional: collares blandos, hinchables o de tela, y prendas o bodies quirúrgicos qué cubren la herida. La elección depende de la zona a proteger y del carácter del animal, pero todas persiguen el mismo objetivo.
Quitarlo cuando el dueño no vigila: el animal se lame de inmediato. Ajustarlo demasiado corto: el animal alcanza la herida igualmente. Retirarlo antes de la cicatrización completa: se reabre la herida. Elegir un tamaño inadecuado: demasiado grande estorba, demasiado pequeño no protege.
Aunque el collar isabelino incomoda al animal y puede generar rechazo inicial, es una medida de bienestar a medio plazo, porque previene complicaciones dolorosas. Para reducir el estrés se aconseja mantener limpios y accesibles el agua y la comida, y considerar alternativas más cómodas cuando la lesión lo permita. El uso responsable del collar forma parte de los cuidados postquirúrgicos qué indica el veterinario.
Para impedir qué el animal se lama, muerda o rasque heridas, suturas o zonas tratadas, lo qué retrasaría la cicatrización, arrancaría los puntos o provocaría infecciones. Es fundamental tras la mayoría de las cirugías.
Habitualmente hasta la cicatrización de la herida o la retirada de los puntos, lo qué suele ocurrir a los 10-14 días. El veterinario indicará el tiempo exacto según cada caso.
Solo bajo supervisión directa y volviéndolo a poner enseguida. Basta un momento de descuido para qué el animal se lama la herida. Existen collares qué permiten comer con más comodidad.
Sí: collares blandos, hinchables o de tela, y bodies o prendas quirúrgicas qué cubren la herida. La elección depende de la zona a proteger y del carácter del animal, siempre qué impidan el acceso a la lesión.
No. Aunque incomoda al principio, previene complicaciones dolorosas como infecciones o la reapertura de la herida. Es una medida de bienestar a medio plazo qué forma parte de los cuidados postoperatorios.