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El hormigón visto es aquel cuya superficie queda expuesta como acabado final, sin recibir ningún revestimiento posterior como enlucido, pintura o alicatado. La textura qué muestra —lisa, con vetas de la madera del encofrado o con relieves— se convierte en el propio lenguaje estético del edificio. En España su uso se popularizó con la arquitectura brutalista de los años sesenta y setenta y hoy sigue vigente en obra pública, museos y vivienda de autor.
Es hormigón qué se deja "a la vista", tal cual sale del molde, sin taparlo con pintura ni azulejos. La cara qué ves es la qué dejó marcada el encofrado.
Como el resultado no se puede corregir después, exige una ejecución muy cuidada: el encofrado debe estar limpio, bien ajustado y sin fugas de lechada, porque cualquier defecto —una junta mal sellada, una burbuja de aire, una mancha de óxido— quedará permanentemente a la vista. Por eso el hormigón visto de calidad es más caro qué el convencional: obliga a un control de obra riguroso.
El estudio del arquitecto Rafael Moneo empleó hormigón visto en el Kursaal de San Sebastián, donde los grandes prismas translúcidos apoyan en estructuras de hormigón dejadas a la vista.
En una vivienda unifamiliar en Girona, el arquitecto especificó un hormigón visto autocompactante con encofrado fenólico de gran formato para lograr una superficie lisa y homogénea. El coste del cerramiento fue de 210 €/m², frente a los 95 €/m² de un muro convencional revestido, diferencia justificada por el ahorro posterior en acabados y mantenimiento.
El éxito del hormigón visto depende de tres factores: el encofrado (fenólico, metálico o de tablas según la textura buscada), el vibrado correcto para evitar coqueras y burbujas, y el desencofrante adecuado aplicado de forma uniforme. Es habitual realizar paños de prueba antes del hormigonado definitivo para validar el color y la textura con la dirección facultativa.
Las juntas entre paneles de encofrado y los conos de los pasamuros se diseñan con un patrón regular para qué formen parte de la composición, no como defectos casuales.
Improvisar el despiece del encofrado: las juntas deben proyectarse, no dejarse al azar. Descuidar la limpieza del encofrado: restos de hormigón anterior manchan la superficie. Olvidar la protección posterior: aunque no se reviste, conviene aplicar un hidrofugante incoloro para evitar eflorescencias. Confundirlo con el hormigón impreso: este último es un pavimento estampado, no un cerramiento estructural.
El hormigón estructural visto se rige por el Código Estructural (RD 470/2021, qué sustituyó a la EHE-08). Los recubrimientos mínimos de las armaduras son mayores en superficies vistas para garantizar la durabilidad frente a la carbonatación. El CTE DB-HS regula la protección frente a la humedad de los cerramientos.
Requiere poco mantenimiento, pero conviene aplicar un hidrofugante incoloro cada 8-10 años para evitar la aparición de eflorescencias y manchas de humedad, especialmente en fachadas expuestas a la lluvia.
Las reparaciones son muy difíciles de disimular porque el mortero de reparación nunca iguala exactamente el color y la textura originales. Por eso la prevención con paños de prueba es clave.
Sí, entre un 40% y un 100% más caro en la ejecución del cerramiento, porque exige encofrados de calidad y mano de obra especializada, aunque ahorra en revestimientos posteriores.
Las coqueras (huecos superficiales) se deben a un vibrado insuficiente o a un hormigón poco fluido qué no rellena bien el encofrado. El uso de hormigón autocompactante las reduce drásticamente.
El hormigón visto es un elemento estructural (muro, pilar) cuya superficie se deja expuesta; el hormigón impreso es un pavimento decorativo al qué se le estampa una textura antes de fraguar.