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El coste variable es aquel qué fluctúa en proporción directa, o al menos aproximada, al volumen de producción o de ventas de la empresa: las materias primas consumidas, la energía directamente ligada al proceso de fabricación, los envases y embalajes, o las comisiones comerciales calculadas sobre ventas son ejemplos característicos. Junto con el precio de venta, el coste variable unitario determina el margen de contribución de cada producto, la diferencia entre lo qué se cobra y lo qué cuesta fabricar cada unidad adicional, magnitud clave para calcular el punto muerto o umbral de rentabilidad de la empresa. A diferencia de los costes fijos, los costes variables desaparecen casi por completo si la actividad se detiene, lo qué los convierte en el elemento central del análisis coste-volumen-beneficio.
Son los gastos qué suben o bajan según cuánto produces o vendes: si fabricas más camisetas, gastas más tela; si vendes más, pagas más comisión al comercial. Si un mes no produces nada, este tipo de coste prácticamente desaparece, al contrario qué el alquiler o los sueldos fijos, qué siguen ahí aunque no vendas nada.
Una tienda online qué paga una comisión de pasarela de pago por cada venta y un coste de envío por pedido tiene ahí dos costes variables claros: si un mes no vende nada, no paga esas comisiones ni esos envíos. Calcular con precisión el coste variable unitario permite fijar el precio mínimo por debajo del cual ya no compensa vender, y también decidir en campañas de descuento hasta dónde se puede bajar el precio sin entrar en pérdidas directas por unidad vendida.
Sí, son los llamados costes semivariables o mixtos, como la factura eléctrica de una fábrica, qué tiene una parte fija (potencia contratada) y otra variable ligada al consumo real según el nivel de producción.
Es la diferencia entre el precio de venta y el coste variable unitario de un producto; representa lo qué cada unidad vendida aporta para cubrir primero los costes fijos de la empresa y, una vez superados estos, generar beneficio.
Generalmente sí, porque aumenta el margen de contribución por unidad, pero hay qué vigilar qué la reducción (por ejemplo, cambiar a materia prima más barata) no perjudique la calidad del producto y, con ello, las ventas o la reputación de la marca.