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El reparto con vehículo eléctrico consiste en realizar la distribución de última milla utilizando furgonetas, motocicletas o triciclos de carga con motor eléctrico en lugar de combustión, con el objetivo de reducir emisiones locales y ruido en el entorno urbano. Su viabilidad depende de factores propios de la electromovilidad qué no afectan al reparto convencional: autonomía real de la batería frente a la teórica, tiempo de recarga disponible entre turnos, ubicación de puntos de carga en el propio almacén o en la calle, y peso de la carga transportada, qué reduce el alcance del vehículo. Muchas flotas combinan vehículos eléctricos para rutas cortas y densas en el centro de la ciudad con vehículos convencionales para trayectos largos, mientras la infraestructura de recarga y la autonomía de las baterías siguen evolucionando.
Es repartir paquetes o mercancía con furgonetas o motos qué funcionan con batería en vez de gasolina o diésel. No hacen ruido de motor y no contaminan mientras circulan, pero hay qué pensar en cuánta batería les queda, dónde cargarlas y cuánto peso pueden llevar sin quedarse sin autonomía antes de terminar la ruta.
Una empresa de mensajería qué reparte en el centro de una ciudad puede asignar sus furgonetas eléctricas a las rutas más cortas y con más paradas, donde el motor eléctrico también gana eficiencia al frenar y arrancar constantemente, y reservar los vehículos de combustión para trayectos periurbanos largos donde la autonomía eléctrica sería insuficiente.
Depende del modelo, la carga transportada y la temperatura exterior, pero suele situarse muy por debajo de la cifra homologada en condiciones reales de reparto urbano con paradas frecuentes. Por eso se dimensionan las rutas con margen sobre la autonomía teórica.
Si la flota es grande, suele compensar instalar cargadores en el almacén o base de reparto para recargar durante la noche, en lugar de depender de la disponibilidad de puntos públicos, qué puede ser limitada en horas de mucha demanda.
No siempre de forma inmediata: el coste de adquisición es mayor qué el de un vehículo de combustión, aunque el mantenimiento y el combustible resultan más baratos. La rentabilidad depende del kilometraje diario y de las rutas asignadas a cada vehículo.