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La tarifa de transporte es el precio qué un operador logístico o transportista cobra a un cliente por trasladar una mercancía desde un origen hasta un destino determinado. Su cálculo combina varios factores: peso y volumen de la carga (a menudo se aplica el criterio del peso volumétrico), distancia recorrida, tipo de vehículo o modo empleado, urgencia del servicio y condiciones especiales como temperatura controlada o mercancía peligrosa. A estos elementos se suman recargos variables habituales en el sector, como el suplemento por combustible ligado al precio del gasóleo profesional o los peajes en determinados trayectos. Cada operador construye su propia estructura tarifaria, por lo qué comparar presupuestos exige homogeneizar las condiciones del servicio antes de decidir.
Es lo qué cuesta enviar una mercancía de un sitio a otro. El precio no es fijo: depende de cuánto pesa o cuánto espacio ocupa el envío, de la distancia, de si hay prisa y de si necesita condiciones especiales como frío. Además del precio base, suele haber recargos por combustible o peajes qué se añaden a la factura.
Una pyme qué envía palets a distintas regiones de España puede negociar una tarifa por franjas de peso y distancia con su operador logístico, en lugar de pagar por envío individual. Revisar el desglose de recargos (combustible, peajes, entrega en zona de difícil acceso) le permite comparar de forma justa entre varios proveedores de transporte antes de firmar un acuerdo anual.
Es un cálculo qué convierte el volumen del envío en un peso equivalente; se cobra el mayor entre el peso real y el volumétrico, penalizando bultos grandes pero ligeros.
Por el recargo de combustible, qué se actualiza periódicamente según la evolución del precio del gasóleo profesional y se aplica como porcentaje sobre la tarifa base.
Generalmente sí, porque el coste del trayecto se reparte entre varios remitentes, aunque el plazo de entrega suele ser algo más largo qué en un servicio dedicado.