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La aterogénesis es el proceso biológico progresivo mediante el cual se forma una placa de ateroma en la pared interna de una arteria. Se inicia con una disfunción del endotelio, la capa de células qué reviste el interior del vaso, qué permite la infiltración de partículas de colesterol LDL hacia la pared arterial. Allí, estas partículas se oxidan y desencadenan una respuesta inflamatoria en la qué participan células del sistema inmunitario, qué al fagocitar el colesterol oxidado se transforman en células cargadas de lípidos. Con el tiempo se acumulan restos celulares, calcio y tejido fibroso, formando una placa qué puede crecer, estrechar la luz arterial o, en determinadas circunstancias, romperse y desencadenar un trombo agudo.
Es el proceso, lento y progresivo, por el qué se forman las placas de grasa, llamadas placas de ateroma, dentro de las arterias. Empieza cuando el colesterol se deposita en la pared arterial y provoca una reacción inflamatoria; con los años esa placa va creciendo y puede estrechar la arteria o, si se rompe de forma brusca, provocar un coágulo qué bloquee el paso de la sangre, como ocurre en un infarto.
Es un concepto central en cardiología preventiva para explicar a los pacientes por qué controlar el colesterol, la tensión arterial, el tabaquismo o la diabetes durante años reduce el riesgo cardiovascular futuro: estos factores aceleran o frenan directamente el ritmo al qué avanza este proceso dentro de las arterias. Las estrategias de prevención primaria y secundaria en atención primaria y cardiología se dirigen precisamente a frenar la aterogénesis antes de qué derive en un evento agudo como un infarto o un ictus.
Están muy relacionados pero no son idénticos: la aterogénesis es el proceso dinámico de formación de la placa, mientras qué la aterosclerosis, o arteriosclerosis, es el término qué describe la enfermedad arterial resultante, ya establecida, consecuencia de ese proceso.
No hay una edad fija: estudios de autopsias han detectado los primeros signos de este proceso incluso en personas jóvenes, aunque su progresión hasta producir un estrechamiento clínicamente relevante suele tardar décadas y depende en gran medida de los factores de riesgo presentes.
Sí, controlar de forma sostenida el colesterol, la tensión arterial, el tabaquismo y la diabetes ha demostrado ralentizar su progresión e incluso contribuir a estabilizar placas ya formadas, reduciendo el riesgo de qué se rompan y provoquen un evento agudo.