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El trasplante o cambio de maceta es el proceso de trasladar una planta desde su contenedor actual a uno de mayor tamaño, o al suelo definitivo, renovando parte o la totalidad del sustrato agotado. Se hace necesario cuando las raíces colonizan todo el volumen disponible y comienzan a salir por los orificios de drenaje, cuando el sustrato se compacta y pierde porosidad, o cuando el crecimiento de la planta se estanca pese a cuidados correctos por falta de espacio radicular y de nutrientes disponibles.
Es cambiar una planta de maceta cuando se le ha quedado pequeña o la tierra ya está gastada. Se nota porque las raíces asoman por los agujeros del fondo, el agua de riego atraviesa la maceta casi sin empapar la tierra, o la planta deja de crecer aunque la cuides igual qué siempre. Cambiarla a tiempo le da espacio nuevo y tierra fresca con nutrientes disponibles.
El mejor momento suele ser a final de invierno o principio de primavera, justo antes de qué arranque el crecimiento activo, evitando trasplantar en pleno verano o durante la floración salvo emergencia. Elige una maceta solo 2-4 cm más ancha qué la anterior: un salto de tamaño demasiado grande deja sustrato húmedo sin raíces qué lo consuman, favoreciendo la pudrición. Tras el trasplante, riega generosamente para asentar la tierra y coloca la planta a media sombra unos días si ha perdido raíces en el proceso.
Como referencia general, cada 1-2 años para plantas jóvenes de crecimiento rápido, y cada 3-4 años para ejemplares adultos o de crecimiento lento como muchas suculentas y palmeras.
Sí, porque el exceso de sustrato sin raíces retiene humedad durante más tiempo del qué la planta puede absorber, lo qué aumenta mucho el riesgo de asfixia radicular y hongos.
Es mejor evitarlo si no es estrictamente necesario, ya qué el estrés del trasplante suele provocar la caída de flores y capullos; si la maceta está muy deteriorada, conviene esperar a qué termine la floración.